Del otro lado de la pared


Para Erika, mi luz y mi sombra 
en cualquier pared.
~
The language of walls.
Or one last word—
cut
from the visible.

Hieroglyph, Paul Auster.

Cuando escuché los ruidos a través de la pared de nuestra habitación me costó entender de lo que se trataba. Estaba acostado en la cama viendo mi serie favorita con el portátil sobre el abdomen. Me quité uno de los audífonos y ahí estaba aquel sonido, una pulsación constante, como la que produce el sonido de un esfero retráctil. El ruido iba y venía de forma indeterminada y todavía me costaba entender de qué se trataba todo eso. Entonces vinieron los gemidos, claros, tan claros como si me estuvieran gimiendo en la oreja, gemidos de una mujer que de algo gozaba y no reprimía una sola posibilidad de manifestarlo. Miré a mi esposa asustado, no porque pensara que fuera ella quien gemía sino porque temía que ella pudiera estar escuchando eso también y que me viera tan atento a todo el asunto.

Para ese momento ya era más que evidente lo que estaba pasando del otro lado de la pared y, contrario a lo que muchos creerían, no me dio asco, no me pareció inapropiado, no me hizo sentir pena, en cambio, lo que sentí fue una profunda curiosidad, como si en ese momento volviera a ser un adolescente virgen que se cortaría un brazo por saber cualquier cosa sobre el sexo, que se asombraba ante la sola posibilidad de la presencia de una teta, que se masturbaba con catálogos de ropa interior femenina. Esa curiosidad me hizo querer escuchar más, así que, sin pensarlo, me quité el portátil de encima y me incorporé de la cama tratando de no hacer ruido para que mi esposa no se despertara, y allí, junto a nuestra cama, apoyado en mi mesa de noche, me incliné para pegar un lado entero de mi cabeza a la pared fría de nuestra habitación.

Inmediatamente, como si hubiera conectado un cable que todo lo hacía más claro, pude escuchar una mezcla de sonidos que todavía me estremece, las pulsaciones y gemidos, ahora de dos voces, se iban uniendo y desuniendo como una orquesta al momento de afinar sus instrumentos, y en esa confusión tuve que aceptar que estaba excitado y que disfrutaba eso que escuchaba como si tuviera que ver conmigo, como si estuviera allí con ellos. Sin embargo, no hubo ocasión para que ese sentimiento creciera o se desarrollara a partir de ahí, pues los sonidos se cortaron de manera abrupta. De repente no se escuchaban las pulsaciones sino unas voces que debían provenir de un televisor encendido, el chirriar de una puerta y luego el sonido de una cisterna. Al parecer todo había terminado y yo no había tenido cómo saber nada más al respecto, me habían dejado con la excitación y la curiosidad sentadas en el borde de mi noche, entregado a un teatro negro en el que sin previo aviso alguien había encendido todas las luces. Y el vacío que se me formó en las tripas todavía puedo sentirlo.

Tengo 36 años, me casé hace seis. No tenemos hijos, tenemos dos perros y dos gatos; es probable que no tengamos hijos nunca pues mi esposa insiste en huir a ese tema y la verdad es que a mí tampoco me entusiasma la idea, en gran parte porque eso alteraría una cierta normalidad que hemos logrado construir a nuestro alrededor. Diana solamente ha alterado una vez esa normalidad y eso fue cuando la conocí, a partir de entonces ella trajo el balance que le faltaba a mi vida y, en cierto modo, sé que ella también ha logrado establecer un equilibrio en su vida desde que estamos juntos; por eso la idea de tener niños es más que poco probable para nosotros.

Mi esposa permaneció dormida todo ese tiempo, que ahora me cuesta asegurar cuánto duró, si fueron cinco o diez minutos los que pasé pegando la cabeza en la pared de nuestra habitación, es algo que no sé. Mi esposa se movió un par de veces pero siempre entre sueños, ausente e ignorante de aquella pequeña aventura en la que, sin querer, me había encaminado. Pero los ruidos habían cesado definitivamente, apenas se escuchaban chirridos o pequeños golpes que nada tenían que ver con lo que estaba sucediendo unos pocos minutos antes. Entonces me vi allí, de pie, inútilmente despierto y decidí meterme en la cama, dormir y esforzarme por recordar cada detalle de lo que acababa de suceder a la mañana siguiente.

Pasaron varios días sin que pensara en mi pareja de vecinos, hasta que una tarde, al volver del trabajo, coincidí en las escaleras de nuestro bloque de apartamentos con un tipo. Debía tener unos veinte o veinticinco años, máximo, y subió delante de mí las escaleras hasta nuestro mismo piso, cuando vi que caminaba hacia la puerta del apartamento de mi pareja de vecinos, me estremecí al pensar que ese era, que era él quien había estado allí esa noche provocando y haciendo esos ruidos, y que apenas a centímetros de él estaba yo escuchándolos y excitándome de forma progresiva. Pero el tipo giró y fue hacia el apartamento del lado contrario; no era él. Apenado por mis ideas y por esa extraña expectativa que acababa de descubrir en mí, pues me quedaba claro ahora que quería conocer la identidad de mis vecinos, ponerle rostro a esos gemidos, abrí la puerta de nuestro apartamento y entré sintiéndome derrotado.

Cuando pienso en esa noche, en los gemidos de aquella mujer, no puedo dejar de imaginarme una mujer muy atractiva. Sé que es muy probable que no sea así, pero no logro sacarme esa idea de la cabeza, a menos que la vea y confirme o eche al piso estas inútiles sospechas. Porque en qué cambian las cosas si mi vecina es o no atractiva, he escuchado sus gemidos mientras tiene sexo con su pareja, eso es todo, ¿por qué de repente tengo que imaginar a una mujer hermosa? Puede ser por una especie de consuelo, porque no sería muy agradable para mi ego que tenga que reconocer que me excité escuchando los gemidos de una mujer fea. Y ahora pienso, ¿qué daño me haría eso?, si me excité con sus expresiones de evidente placer, ¿qué no hay de atractivo en todo eso a fin de cuentas? Pero el miedo de que sea una mujer horrible, vieja o gorda, me sigue acechando. Y me siento como un imbécil por eso.

Volví a escuchar los ruidos pocas noches después. Esta vez todo fue mucho más claro y las imágenes de lo que sucedía del otro lado de la pared fueron fáciles de construir en mi cabeza, pero la imagen de una mujer hermosa no se apartaba de mi fantasía. Esa vez no puse reparos en meter mi mano en mis boxers y empecé a masturbarme, siempre pendiente de que mi esposa permaneciera dormida a un lado de nuestra cama. La miraba y al mismo tiempo escuchaba a esa mujer sin rostro del otro lado, y era como si se añadiera un nuevo instrumento a la orquesta y de repente todo tenía sentido: ver a mi esposa, a quien considero de una belleza muy superior al promedio de las mujeres de esta ciudad, era lo que me hacía pensar en una mujer atractiva del otro lado. Fue entonces cuando se apoderó de mí por primera vez aquella imagen: mi esposa en la habitación contigua teniendo sexo con un hombre desconocido mientras yo escuchaba todo, solitario, inclinado sobre la pared, haciendo enormes esfuerzos por captar cada detalle de lo que pasaba, con el pene erecto en mi mano derecha metida en mi ropa interior. Aquella imagen, por extraña que fuera, se hizo cada vez más poderosa y parecía acoplarse perfectamente con eso que sucedía del otro lado de la pared, los gemidos y pulsaciones acompasadas con el rostro dormido de mi esposa. Antes de que pudiera hacer algo al respecto sentí venir el orgasmo, la urgencia por detenerme y la ida al baño para terminar todo allí de una manera un poco más digna.

A Diana la conocí en una de esas casualidades que jamás se repiten, en una de esas sacudidas que viene a darle la vida a tu cotidianidad. Cuando era un tipo soltero, vivía en un apartaestudio con mi perro, Darko. Solía sacarlo a un parque a dos cuadras de mi edificio a las nueve de la mañana y a las nueve de la noche. En ese entonces trabajaba en una academia de idiomas que me quedaba a treinta minutos caminando y estaba allá de once a ocho. Pero lo curioso es que todas las noches, sin falta, me encontraba con Diana en el parque; ella salía a pasear a su perro, Lennon, y de tanto vernos en el mismo sitio y a la misma hora terminamos conversando. Me gustó desde siempre, pero cuando hablábamos solía mencionar de pasada a su novio, entonces yo me contenía en mi intención de ir más allá, de pedirle su número, de invitarla a salir, de hacer cualquier cosa que me permitiera algo más con ella. Curiosamente nunca hizo falta. Una de esas noches, sentados en un tronco del parque, Diana me dijo que yo le parecía un tipo lindo, así lo dijo, con una naturalidad que me dejó con la mitad del alma en el suelo, yo hice algún chiste al respecto y luego ella dijo que su novio estaría de viaje la semana siguiente y que le gustaría que fuera a visitarla, que podía ir con Darko, si quería. Así empezó todo. Al mes siguiente ella terminó con su novio y se mudó con Lennon a vivir conmigo, pero pronto mi apartaestudio fue demasiado pequeño para los cuatro y buscamos un apartamento, este apartamento; un año y medio después nos casamos en una notaría. Los gatos llegaron luego, a Dandy lo rescaté una mañana en el parque en el que ahora paseo a Lennon y a Darko, y Diana adoptó a Lua a través de su mejor amiga, quien tenía una gata que había tenido una camada de seis gaticos pero que había muerto en el parto.

Ayer salí a pasear a Darko y a Lennon. En el momento que cerré la puerta escuché los pasos de alguien subiendo las escaleras y pronto fue apareciendo una mujer a un peldaño por segundo frente a mí, tenía el cabello muy largo y algo alborotado, de esas cabelleras que es imposible asegurar si son lisas o rizadas porque parecen estar perdidas en un intermedio indefinido entre esos dos estados. La luz automática se apagó un momento y cuando ella puso el pie en el último escalón se volvió a encender; dijo buenas noches y yo no supe qué responder, Darko y Lennon se abalanzaron para olfatearla, creo que ella sonrió un poco, me miró fugazmente y se dirigió a la puerta contigua a la mía. Solo entonces, cuando cerró su puerta, pude decir buenas noches.

Era ella, debía ser ella, esa voz que había escuchado aquellas noches, era la de ella. Ahora sabía quién era la mujer del otro lado de la pared, pero por más que me esforzara no lograba recordar los detalles de su rostro porque la verdad es que nunca pude verlo bien, apenas alcancé a notar sus labios por el labial rojo que llevaban, lo único que recordaba bien era su cabellera.

Esa misma noche me fui a la cama completamente tenso esperando escuchar algo. Diana se había acostado unos pocos minutos antes y ya estaba dormida. Permanecí despierto, en silencio, más o menos media hora, atento a cualquier tipo de sonido extraño, pero no escuchaba nada y me quedé dormido.

Las pulsaciones eran casi imperceptibles, aun así, me despertaron de golpe, como si hubiera sido un terremoto que hiciera balancear el edificio. Abrí los ojos pero no fui capaz de mover un solo músculo de mi cuerpo. Entonces miré a mi lado y Diana no estaba en la cama, estaba de pie, inclinada, con la cabeza pegada a la pared. Vio que me había despertado y se llevó el índice a los labios. El sonido era clarísimo y en ese punto los gemidos de la mujer se iban contaminando con pequeños gritos, el golpeteo constante se hacía por momentos más fuerte y casi ahogaba el sonido de los gemidos. Y allí estaba Diana, pegada a la pared escuchándolo todo, con el rostro curioso y expectante.

Me incorporé un poco para quedar sentado en la cama y poder escuchar un poco mejor, Diana se puso de rodillas en la cama y siguió con la cabeza pegada a la pared. Los sonidos seguían, encadenados, enlatigados, eran como una fuente de agua en la que va variando la presión de la caída por efecto del aire, y allí estábamos los dos mirándonos a los ojos, escuchando. Diana llevó su mano izquierda a mi pecho y empezó a frotarlo mientras se mordía el labio inferior sin despegar la cabeza de la pared. Luego susurró algo que no pude entender, susurré un qué entre dientes y ella repitió lo que había dicho abriendo más la boca: qué rico. No pude evitar sonreír porque ella también sonreía y me seguía frotando el pecho con la mano. Sin pensarlo la tomé con ambas manos por las nalgas y la acerqué a mí. Besé su abdomen y le fui bajando el pantalón de la pijama. Ella puso ambas manos en la pared y siguió escuchando todo lo que sucedía del otro lado, aún con más atención, pues vi que cerró los ojos.

Mientras besaba su ombligo cerré los ojos y fue cuando volvió a mí la imagen de la mujer que acababa de ver al salir del apartamento unas pocas horas antes. Rápidamente pude mezclar esa imagen, esa densa cabellera y esos labios rojos con los gemidos y golpeteos que seguían incesantes y que Diana escuchaba completamente entregada al frío de la pared. Para ese momento mi erección era más que evidente, y Diana debió intuirlo pues llevó su mano a mi entrepierna y me acarició con determinación, me ayudó a terminar de quitarle el pantalón de su pijama, me pasó una pierna por encima y se sentó sobre mí, nos miramos brevemente a los ojos y pude ver que ella ardía en deseo, pero al mismo tiempo sonreía tiernamente, y nos besamos como hace mucho no lo hacíamos.

Los ruidos del otro lado de la pared continuaban, llevé mis manos a mi ropa interior para quitármela, pero Diana me detuvo, se quitó la blusa, que ya de nada servía para ocultar sus pezones, me quitó la ropa interior, con mucha lentitud, y me dijo que por favor no me asustara si esta vez gemía y gritaba un poco más de lo normal.

Fotografía: Nude.
Milan, Italy.
Ferdinando Scianna.

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