Recuerda, se ven las caras


No te dejes confundir
Busca el fondo y su razón.
Rubén Blades y Willie Colón.

Lo común es que sude sin razón aparente, pero esta vez tengo razones suficientes. El taxi tomó la peor vía posible y se ha desviado dos veces para buscar una forma de cortar camino, ambas desembocando en una vía aún más congestionada, tampoco ayuda el hecho de que el taxista no tiene idea de dónde queda el sitio al que voy, ni siquiera mis indicaciones ayudaron pues el tipo llegó del Caquetá hace dos semanas y apenas sabe que Bogotá es la capital del país, tampoco ayuda que yo haya tomado el taxi tan tarde, aunque lo intenté, juro que intenté pedirlo por una aplicación en el celular durante unos treinta minutos pero nunca obtuve respuesta, tampoco ayuda el hecho de que cuando salí a la calle me di cuenta de que había dejado la billetera en la casa y tuve regresar, tampoco ayuda el hecho de que me haya tardado por lo menos veinte minutos más en la ducha arreglando lo inarreglable y tratando de ocultar algunos de mis defectos inocultables como mi pésimo vello facial o el hecho de que ya cada día tengo más frente que cabello, si a eso le sumamos que apenas mido un metro sesenta y cinco ya se pueden hacer una idea, tampoco ayuda que me haya cambiado de ropa dos veces porque nunca estoy del todo seguro de qué va bien para qué ocasión y estoy convencido de que la primera impresión lo es todo; se podría decir que estos trancones y el taxista inexperto y la hora de retraso son las formas en que el universo me castiga y me dice que deje de ser un idiota y que trate de ser, por un momento, por más breve que sea, ese que soy, o que creo ser, y ya, sin nada más que agregar. Pero aquí estamos, pintados por las luces rojas de los demás carros detenidos en la calle, marcados por las pecas de sombra que producen las gotas en los vidrios por la lluvia de la tarde. De modo que estoy sudando y es seguro que el cuello de mi camisa ya lo hace notar, entonces sé que he arruinado esa primera impresión y que en este punto puede que sea mejor bajarme del taxi y buscar una manera de regresar a casa.

Pero mientras pienso en todo esto el taxi ha logrado avanzar algunas cuadras y bajó por una calle solitaria que desembocó en otra calle que en un par de minutos nos dejó a una cuadra del lugar. Sin pensarlo le dije que me dejara ahí, me cobró doce mil pesos que pagué con exactitud para evitar aún más demora en el trámite de las vueltas y salí corriendo cuadra abajo rogando que ella también estuviera retrasada. Pero no, allí estaba haciendo la fila para entrar al pub, al pab, al puv, a una franquicia que copia el concepto de bar europeo que supuestamente tiene que hacer que sientas que estás en Dublín con un trébol en el sombrero, con unas patillas crespas y pelirrojas desbordando a ambos lados de tu cara y con un reloj de oro falso en el bolsillo izquierdo de tu chaleco. Pero ves a la gente y vuelves a Bogotá, sabes que estás en Bogotá porque al lado de la fila hay un señor con un maletín de madera colgado al cuello vendiendo chicles y cigarrillos a todos los que están en la fila.

Me acerco a ella mientras tomo una bocanada de aire esperando que eso sea suficiente para refrescarme en un instante y no se note el sudor en mi frente y en la nuca, el de las axilas lo podré ocultar toda la noche si no llega un momento en que deba quitarme la chaqueta. Me acerco a ella y para mi sorpresa me sonríe a la vez que levanta los brazos como diciendo por fin, malparido. Le ruego que me disculpe, que la ciudad es un desastre, pero sé que el desastre soy yo mientras lo digo, cada uno de mis errores y retrasos de esa noche pasan uno tras otro por mi cabeza mientras suelto esa patética mentira; la ciudad no tiene la culpa de nuestras estupideces, pero es tan fácil culparla. Por un breve momento nos quedamos en silencio y luego ella me dice que tranquilo, que ella no lleva tanto rato esperando y saca un cigarrillo.

Ella ni siquiera se molesta en ofrecerme uno de sus cigarrillos porque en alguna de nuestras conversaciones por DM en Twitter ya le dije que no fumo. Así nos conocimos, hablando en Twitter, intercambiando comentarios sobre canciones, series y posiciones políticas sin llegar nunca a hablar mucho de nosotros mismos. Me animé a decirle que saliéramos hace dos semanas, más o menos, pero me dijo que estaba muy ocupada, hace dos días le volví a preguntar si quería ir a tomar una cerveza y aunque primero dijo que estaba complicado finalmente accedió. Y acá estamos. Hace unos dos minutos que no intercambiamos palabras, solo una que otra mirada para seguir viendo la entrada del bar y las caras de los demás que esperan a nuestro alrededor.

Es entonces cuando por fin lo veo, cuando por fin la veo, Laura es hermosa, es apenas un par de centímetros más baja que yo, la expresión en sus ojos parece a mitad de camino entre el sueño profundo y un insomnio de varios días, pero no tiene ojeras, es un poco pálida y eso me encanta, tiene un ligero rastro de pecas sobre sus pómulos, su nariz es delgada y muy larga pero no en exceso para el tamaño de su rostro, sus labios son lo que uno ve cuando imagina unos labios pero supongo que el hecho de que sean sus labios los hace algo imposible de ignorar, lleva el cabello recogido de forma descuidada en una cola alta con mechones sueltos que le caen a ambos lados de la cabeza y sobre la nuca, que es más blanca que toda ella. Ella nota que la estoy mirando y tira al suelo el cigarrillo a medio terminar.

—¿Y qué más?

—No mucho. Lo mismo de siempre.

—Pero qué aburrido usted. Cuénteme algo, ¿cómo va el trabajo?

Pienso en que tiene razón y que soy un aburrido.

—No sé, supongo que bien. Allá no pasa mucho, la verdad.

—Mmmmm, ¿y el gato?

Tengo un gato, también ese era uno de los temas en nuestras conversaciones por DM en Twitter. Se llama Vincent.

—Vincent está bien. Se quedó mirándome feo cuando vio que me iba, y eso que le dejé comida de lata, pero el verraco ni se mosquió.

—Me parece divino ese gato.

Subo muchas fotos de Vincent a Twitter; tal vez demasiadas.

—Es el diablo.

—Divino igual.

—Pues sí, supongo que tiene su encanto. ¿Y tus gatas cómo van?

—Bien, mi hermana las llevó al veterinario antier y están lo más de bien, las desparasitaron y vacunaron a las tres. Vita nos iba pegando un susto porque le sentimos una bolita en un costado y pensamos lo peor, pero dizque es grasa acumulada o hinchazón por un arañazo. No es raro con lo duro que se agarran esas, sobre todo Vita y Misty, se pegan muy duro esas dos, uno cree que están jugando pero luego ve las motas de pelo en el sofá de lo duro que se cogen.

—Tan lindas.

—Divinas mis bandidas. Y están bien que es lo importante.

—Pues, sí.

—Sí.

Volvemos a quedar en silencio por un rato pues la fila se movió unos pocos pasos. Pienso que debo tratar de seguir la conversación pues iba como bien, pero no tengo idea de qué decir. Iba a preguntarle por la tercera gata cuando dijo:

—Estas filas son una mamera, Lucho.

Me dijo Lucho y algo me tembló por dentro.

—Este sitio es chévere pero a veces no sé si vale la pena echarse todo este tiempo esperando —siguió diciendo mientras yo trataba de recomponerme.

—Sí —dije, como máxima prueba de mi elocuencia.

—¿Nos vamos entonces?

—Pero ya falta poco, ¿no?

—Bueno…

Soy intolerable a los cambios inesperados, así me convengan. Es la cualidad que mejor mide mi estupidez en casos como este.

—¿Y tu trabajo cómo va? —dije.

—Bien, supongo.

Y otra vez volvimos a quedar en silencio por más tiempo del que me hubiera gustado, o que le hubiera gustado a cualquiera en esa situación. Éramos los segundos en la fila para entrar y en ese punto ya sentía que todo estaba dicho. Dejaron pasar al grupo de amigos que estaban delante de nosotros en la fila y quise mirar mi celular para ver la hora, pero no estaba en mi bolsillo. Busqué en la chaqueta y los demás bolsillos en donde por ningún motivo lo hubiera guardado pero era víctima de ese acto reflejo que todos tienen cuando no encuentran algo que deberían llevar encima.

—Mi celular.

—¿Qué?

—No, nada.

—Ya nos está diciendo el señor que entremos.

—Mi celular.

—¿Qué pasó?

—No encuentro mi celular.

—Ah, jueputa.

—Tímbrame.

—Luis, este man nos está diciendo que entremos.

—Lo dejé en el taxi. ¡Maldita sea!

—¿Qué? Entremos y ahí lo buscas.

—No lo tengo, se me debió caer en el taxi. ¡Mierda!

No estaba, no había nada que hacer. Se me tenía que haber caído en el taxi. Solo a mí me pasan estas cosas.

—¡Nos están diciendo que entremos, Luis!

Una rechifla se hizo a nuestras espaldas por la gente que veía que no avanzábamos. El tipo de seguridad en la entrada nos dijo que si no íbamos a entrar que por favor nos hiciéramos a un lado.

—Laura, llama a mi celular, por favor.

—No tengo minutos para llamadas, apenas tengo datos.

—Mierda. Llama al Whatsapp.

—Luis, ¿vamos a entrar o no?

—¡No sé!

Entonces Laura se quitó de la fila y me pasó por un lado. Luego se dio la vuelta y se quedó mirándome a unos cuantos pasos de distancia. Demasiado hermosa para mi gusto en ese momento donde todo estaba destinado a salirme terriblemente mal.

—Luis, ya deje así, vamos a buscar su celular.

—Pero…

—Nada, vamos.

Me aparté de la entrada del pub, del pab, del puv, del falso bar, de la fachada de Disney de adultos bogotanos que no tienen otro sitio a donde ir para imaginarse en otro sitio un poco mejor, un poco más lejos y un poco menos solo que el resto de la ciudad; un placebo ordinario, un sucedáneo de ladrillos y licor y risas entre vasos.

Caminamos uno al lado del otro unos diez metros. Entonces me dijo:

—Mira en la app, ahí están los datos del último taxi que cogiste.

—Cogí el taxi en la calle.

—Mucha güeva.

—Yo sé, pero es que no había.

—Ahí hay una señora que vende minutos.

Nos acercamos a una señora junto a una carretilla llena de dulces, cigarrillos, maní, papas de paquete, mentas y cuanta cosa de la que cualquiera se pueda antojar. También tenía un cartel que decía MINUTOS, lo que indica que vendía llamadas a través de un celular. Marqué mi número y escuché expectante. Nada. Esperé. Nada. Esperé. Buzón. Marqué de nuevo. Nada. Buzón de nuevo, esta vez mucho más pronto. Quien sea que tuviera el celular estaba rechazando la llamada. Volví a marcar y esta vez escuché un mensaje de una operadora diciendo que el número no estaba disponible en ese momento. Mierda. A pesar de no haber gastado un solo minuto de llamada la señora me cobró quinientos pesos. Yo no tenía ni una moneda, detesto las monedas, las dejo todas en la casa y se las regalo a mi papá cuando puedo. Miré en mi billetera y solo había un par de billetes de cincuenta mil, claro, había gastado el sencillo pagando la carrera del taxi. Jueputa.

—Laura, ¿tienes quinientos pesos?

—¿Qué?

—Quinientos pesos, ¿tienes? Por favor.

Laura agachó su cabeza para buscar en su cartera y sacó una moneda de mil pesos.

—Toma.

Le pagué a la señora y le di las vueltas de quinientos pesos a Laura. Le conté que nadie contestaba, que habían apagado el celular.

—Delo por perdido, Lucho.

Otra vez esa luz en el pecho.

—Jueputa. Lo compré hace un mes.

—Esas cosas pasan. Agradezca que no lo atracaron, eso es más feo.

—¿Te han atracado alguna vez?

—Un par de veces, cerca a mi casa.

—Qué mierda.

—Sí, pero es una bobada si uno lo compara con otras vainas.

—No es una bobada.

—Para mí, sí.

Y en ese momento algo me decía que, si para ella era una tontería, para mí debía ser lo mismo.

—Tengo que bloquear la línea. Poner el denuncio.

—Ya no piense más en eso. Mañana lo hace.

—Pero es que…

—Nada, ya fue lo que fue. Camine y vamos a un sitio que conozco por acá cerca.

No tuve otro remedio que callarme la boca y caminar a su lado. Todo aquel sector estaba despierto, bares, discotecas, clubes de striptease, todo funcionaba con la misma intensidad, las personas se cruzaban por las aceras aún más desconocidos de lo normal, aún más ausentes de todo lo que los rodeaba, como si solo tuvieran una cosa en mente, como si la sangre los gobernara.

Caminamos unas tres cuadras sin cruzar palabra. Llegamos a una esquina en donde había un pequeño bar muy modesto, había varias personas al frente, en la acera, tomando cerveza, otros aguardiente en caja, el resto se agrupaba en mesas de plástico dentro del local y otros bailaban en un espacio reducido del fondo cerca a la barra, que en realidad era un simple mostrador con bebidas.

No parecía haber dónde sentarnos hasta que vi un par de banquitas junto a la entrada del sitio. Nos sentamos allí y Laura pareció relajarse inmediatamente, se quitó la chaqueta y me miró con un rostro lleno de triunfo.

—Por fin.

—Qué cosa.

—Sentados en algún sitio. Aquí la pola es barata y hay buena música. ¿Te gusta la salsa?

Se me hizo un nudo en la garganta. Detesto la salsa. Reconozco que es porque no la entiendo, más que odiarla, le temo. No bailo y cuando lo intento lo hago verdaderamente horrible, y la salsa es baile, así que no tengo otra opción que despreciarla junto con todos los demás ritmos del Caribe.

—Me da igual —dije, y sentí todo el peso y el calor de mi chaqueta, pero era incapaz de quitármela en ese momento.

Una muchacha se acercó a nosotros para preguntarnos qué queríamos. Pedimos dos cervezas.

—Ya olvídese del celular, en serio, Lucho. Eso se recupera luego —dijo mirando a la gente a nuestro alrededor, como buscando una cara conocida.

Tenía tanta razón al decir eso, sin embargo yo aún ardía de rabia conmigo mismo, me sentía idiota al haber perdido mi celular de esa forma. También me invadía algo de pánico por las consecuencias que eso podría traer, me imaginaba que obtenían todos mis datos personales, mi información bancaria, mis claves y el acceso a todas las aplicaciones y redes sociales instaladas. Me sentía en una especie de ruina digital, que, pensándolo bien, me podría dejar en la ruina real. Pero luego pensaba que era poco probable que desbloquearan el celular, que muy seguramente lo habían apagado para no volverlo a encender y que mañana sus piezas estarían repartidas por múltiples tiendas de contrabando. Ver a Laura tan tranquila me animaba a pensar eso.

—Es verdad, eso se recupera —dije fingiendo el mayor aplomo posible.

Sé que siempre me veo patético cuando hago esfuerzos por fingir lo que no siento.

—Ven, ¿cómo así que te da igual la salsa?

—No sé, sencillamente ni me va ni me viene.

—Pues ahorita te va a tener que importar porque con dos cervezas encima quedo que me bailo lo que sea.

Otra vez el temblor por dentro, pero esta vez me causó malestar porque sabía lo que se avecinaba.

Volvió la muchacha con nuestras cervezas. Son cinco mil, dijo. Laura ya estaba buscando en su cartera pero yo me apresuré a sacar uno de los billetes de cincuenta mil que tenía.

—Uy, ¿no tiene más sencillo? —dijo la muchacha.

—Sí, tranquila, mire —dijo Laura extendiéndole un billete de cinco mil pesos.

—Juepucha, Laura, en serio qué pena, no he podido dar un peso para nada.

—Fresco, Lucho. Ahorita arreglamos.

De nuevo la luz en el pecho.

Tengo una pésima intuición para el coqueteo, tanto para hacerlo como para reconocerlo cuando se da a mi alrededor, sea hacia mí o hacia cualquier otra persona, sencillamente no logro identificarlo. Esas últimas palabras de Laura hicieron que algo en mí se activara, como si debiera prestar mayor atención a lo que estaba sucediendo, pero igual permanecí en silencio y di un par de sorbos a mi cerveza; Laura hizo lo mismo.

Permanecimos cerca de un minuto en silencio, luego ella preguntó:

—Tú eres bogotano, ¿verdad?

—Sí.

¿Qué más podía decir al respecto? Ella tomó otro largo sorbo de su cerveza.

—¿Y tú? —dije por fin.

—Soy de Villavicencio, pero vivo aquí desde los cinco años, más o menos.

—Ah.

—Sí. Toda mi familia es de allá. Hasta donde sé, mi papá se quedó allá, de hecho.

Nunca he ido a Villavicencio, no conozco a nadie en esa ciudad ni sé nada de ese lugar que valga la pena mencionar. Y, pues, de papás no sé nada, nunca conocí el mío.

Seguíamos en silencio mirando cada uno a lados opuestos cuando algo la estremeció, era la canción que había empezado a sonar. Cerró los ojos y movió ligeramente los hombros al son de la canción, una sonrisa cruzó sus labios y tomó otro sorbo de cerveza. Traté de prestar atención a los detalles de la canción a ver si me sonaba conocida, pero no logré identificarla. Laura seguía meneándose ligeramente en su butaca y yo la miraba de reojo, en esa cara podía encontrar todo lo que me debía faltar en la vida, pero eso más allá de tranquilizarme me llenó de inquietudes, de inseguridades y de una de las únicas certezas que he tenido durante toda mi vida: no tengo nada que ofrecer. Entonces la canción entonó una frase que me golpeó y que me pareció remotamente conocida: recuerda, se ven las caras, pero nunca el corazón. Y se repetía y Laura la cantaba con gusto mientras yo me moría un poco por dentro.

Dicen que hace falta morir para renacer y, a medida que pasaban los segundos, esa canción hacía que algo nuevo se me moviera por dentro, una urgencia, una sugestión indescifrable, una necesidad de reaccionar pronto, de extenderle la mano a Laura y llevarla al fondo de aquel local y bailar, ¿bailar?, tratar de bailar, moverme junto a ella, tenerla cerca y callar el resto de cosas de una buena vez. Pero la canción terminó y ella se puso de pie de un salto.

—Voy al baño, Lucho. Pídeme otra cerveza, porfa.

—Seguro.

La vi alejarse hacia el fondo del pequeño salón que ya estaba abarrotado de gente y se perdió muy pronto entre la masa de brazos y piernas que ahora bailaban la siguiente canción aún más desconocida para mí.

Apenas localicé a la muchacha le hice señas y le pedí otras dos cervezas. Me pregunté si debía aprovechar para ir al baño también, pronto se me iba a hacer más que necesario pero no me gustaba la idea de dejar solas nuestras butacas y que ella volviera, así que preferí esperar. E hice bien porque terminé de pensar en eso cuando Laura volvió a sentarse en la butaca a mi lado.

—¿Todo bien?

—Todo bien —respondió ella sin mirarme y tomando su nueva cerveza.

—Salud —le dije.

—Salud, Lucho.

—¿Y a ti te gusta bailar mucho?

—La verdad es que no tanto, pero la salsa me parece del putas. Lástima que no te guste. Hubiéramos ido mejor a un barcito de rock pero es que por acá cerca no conozco ninguno. Siento que te estoy aburriendo aquí metidos.

—¡No, no! Para nada. Es solo que… No sé, de verdad nunca fui dado para baile ni para la música bailable. Eso es todo. Pero me parece bien que te guste, de verdad, y aquí estamos cómodos, ¿no?

—Pues, sí. —Hizo una pausa para tomar más cerveza y se quedó pensativa un instante—. A mí me encanta Rubén Blades, me parece más rockstar que muchos rockstars.

—Fíjate, si me guiara solo por las cosas que me has dicho hasta ahora en Twitter me hubiera costado creer que te gusta la salsa.

—Me imagino. Es que, sí, el rock y la música alternativa es lo que más escucho y lo que más me ha marcado a lo largo de la vida, pero mi papá escuchaba mucha salsa cuando yo estaba chiquita y pues supongo que eso me quedó por ahí guardado y la disfruto mucho. Eso sí, ni siquiera soy buena bailando tampoco, pero lo hago como lo siento, que es lo que importa.

«Lo hago como lo siento». Laura y sus respuestas me parecían cada vez más increíbles, y, por lo mismo, cada vez más lejanas. Me sentía apenado en mi inutilidad como pareja, ella creía que me estaba aburriendo pero la verdad es que ya soy un aburrido, ya soy un tipo sin chispa, ya soy el último de la fila, y eso en algún momento saldría a la luz, si no es que ya ella lo había visto todo y estaba solamente esperando a que pasaran las horas para irse a casa y olvidarse de todo esto. Pero ahí estaba, sonriendo y bebiendo a mi lado, sin tener absolutamente nada que reprocharme.

Fue entonces cuando algo dentro de mí se detuvo, dejé de pensar por un momento en mí y en mis cosas, todo lo que podía importar era Laura y esa cerveza en nuestras manos, todo lo demás podía dejar de existir al otro día y no me hubiera causado el más mínimo remordimiento, el solo hecho de imaginar algo así me llenaba de paz. El mundo se podía ir a la mierda si le daba la gana.

—Bailemos esta —dije, como si no fuera yo quien lo hubiera dicho.

—¡De una! —gritó y le robó un trago largo a su cerveza y me tomó de la mano.

No nos alejamos mucho. Tomamos la típica pose de baile, medio entrelazados pero sin acercarnos tanto. Inmediatamente miré mis pies y los suyos y empecé a moverme como creí que debía hacerlo, como hasta entonces lo había hecho tan pocas veces en mi vida, con mi hermana, con mis tías, con mi mamá. Laura se rio y dijo que no estaba tan mal. Yo apenas levantaba los pies del suelo, pero no me faltaba mucho sentido del ritmo y eso facilitaba las cosas. Íbamos girando lentamente, paso a paso entre otras personas que bailaban a nuestro alrededor. El movimiento nos obligaba a acercarnos cada vez un poco más, a doblar un poco más lo brazos, a abrir muy ligeramente las piernas. Yo seguía con mi vista clavada en el suelo, en nuestros pies, pero ahora podía echar breves miradas a su rostro, no era mucho lo que veía en esa mezcla de oscuridad tenue y de luces que viajan por todas partes, pero lo que veía me bastaba para saber que todo estaba bien y que llevo la vida entera preocupándome por idioteces.

Calle luna, calle sol, cantaban las voces en la canción y yo pensaba que eso éramos, un eclipse de calles sonrientes, porque es verdad que yo estaba sonriendo, de la nada estaba sonriendo y cualquier preocupación parecía lo más lejano en mi vida. Y aunque perdía por instantes el ritmo y tendía a tropezarme siempre conmigo mismo, ella apretaba mi mano y seguíamos girando y pisando y sonriendo al ritmo de esa salsa, sudando por una justa razón, lidiando con una extraña electricidad en mi cuerpo, un estremecimiento que hacía que mi nuca y mi espalda se fuera llenando de pequeñas gotas, sintiendo en cada hueso de mi cuerpo el eco de cuando Laura dijo «lo hago como lo siento».


Fotografía: USA. New York City. 1955. James Dean with a friend at "Jerry's Bar", in front of the Ziegfeld Theater on 54th Street, New York City.
Dennis Stock.

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